20.6.06

El sopor de la culpa


“Coge un rotulador y tacha la palabra objetividad. Tus lectores quieren tus opiniones, tu filosofía, tu subjetividad”. Gary Oldman en The contenders
Bajé la escalerilla del avión con los ojos semicerrados. Ocho de la mañana, demasiado temprano pensé. Tardé unos minutos en darme cuenta de que estaba nublado en Málaga. Agradecí que el taxista no me hablara durante todo el trayecto, sólo nos intercambiamos las necesarias indicaciones para llegar al destino y algún comentario sobre el tráfico de la ciudad. Damien Rice sonaba en la radio: buena película, buena canción me dije. El hotel quedaba a dos pasos del centro de arte, dejé la maleta en la habitación e intenté despejarme lavándome la cara con agua fría. No lo conseguí. En el bar de la esquina el té con limón estaba demasiado caliente así que para hacer tiempo me fumé un cigarrillo mientras que repasaba algunas notas que había apuntado en mi agenda sobre Santiago Sierra. Al final, garabateado y subrayado, aparecía como una dicotomía insalvable “¿...Arte o Compromiso...?”. La idea me rondaba desde hace unos días. Había comentado con amigos y compañeros el trabajo de Santiago Sierra y las opiniones eran dispares, desde los incondicionales hasta los que argumentaba que los proyectos que realizaba no eran arte como tal; que su trabajo se acercaba más a las acciones de reivindicación de una ONG o de un activista político o social que a las de un artista. No tenía tiempo para seguir dándoles vueltas a lo mismo, demasiado recurrente, la rueda de prensa comenzaba a las diez y media. Caminé despacio hacia el CAC de Málaga.
Algunos periodistas y críticos, varios fotógrafos, dos o tres televisiones haciendo tiempo en el hall. Conversación afectuosa con la encargada de prensa, conversación con el director del centro, vistazo por encima a la nota de prensa, presentaciones: “¡Hola! ¿Qué tal? Encantado”, cierto sopor implícito en la espera... Hice un amago de entrar en la exposición unos instantes antes de que se iniciase la rueda de prensa. Me lo impedí a mí mismo. Despierta, Javier, despierta, estás en una exposición, se supone que escribes sobre arte, se han dirigido a ti como crítico (?), es Santiago Sierra, un artista más que reconocido, siempre te ha creado dudas, agradeces las dudas, valoras su obra, te da que pensar, es el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, te gusta como funciona, te gusta las exposiciones que hacen, traen a artistas de prestigio internacional. La rueda de prensa transcurrió sin sobresaltos; para los medios las sorpresas en la cultura son inadmisibles en esté país, pensé. Palabras del concejal, palabras de los patrocinadores, palabras del director del centro, explicaciones de la comisaria, y una invocación del artista: —Prefiero hablar poco aquí, bajemos a la exposición, ahí está mi trabajo, ahí os puedo responder. Gracias, Santiago, era lo que quería oír.
El espacio que compone la muestra se hace manejable al visitante, de nuevo un agradecimiento, a fin de cuentas se expone la documentación fotográfica y audiovisual de sus últimas cuatro acciones. ¿Para qué más? si con eso ya está dicho todo. Los tubos de plástico por donde habían circulado el monóxido de carbono introducido en la sinagoga estaban desperdigados por el suelo. En las paredes unos cuadros enmarcaban las fotografías que ilustran y documentan sus acciones. Imágenes de las mujeres que participaron en la obra La Casa del Pueblo fotografiadas de espaldas, imágenes de los visitantes a la sinagoga con las máscaras de gas, imágenes de los castigados contra la pared por ser alemanes nacidos antes de 1939, psicofonías de las almas de los soldados muertos en la construcción de la Casa del Pueblo en Bucarest, video de un recorrido por el interminable y claustrofóbico pasillo que constituía la obra donde las rumanas apostadas a cada lado pedían incansablemente limosna... Ante esto, mi sopor se había extinguido transformándose en cierta aprensión, cierto desasosiego. Ya estaban aquí, me di cuenta de lo que me había ocurrido a lo largo de la mañana hasta ese preciso momento... el letargo es el mecanismo de defensa ante la responsabilidad.
Era imposible pasearse por las salas, como ocurre a menudo, para comentar distraídamente si tal o tal obra nos parece “interesante”, si “Oh! Que trazo más sugerente”, si... “Qué provocativo”. Lo mostrado exigía el enfrentamiento directo, el posicionamiento crudo y desnudo ante lo que se cuenta. Porque no es agradable —no, no lo es— tener que recordar que hubo una maquinaria perfectamente diseñada para eliminar seres humanos, que estrictamente se gaseó a personas y que hoy en día no se gasea pero la maquinaria sigue funcionando con mucha más eficiencia. No es agradable tener que recordar, que la maquinaria fue diseñada, gestionada, producida y puesta en marcha, aquí, en Europa, en la sede y el paradigma de la “cultura” occidental y que esa misma maquinaria estaba muy bien fundamentada en un pensamiento, en una ideología, en un saber, en un ser y sentir las cosas que no es tan lejano ni tan dispar como se nos quiere hacer ver sino, por el contrario, forma parte de nosotros. Está ahí, tan cerca, que asusta. No es agradable saber, aunque constantemente lo neguemos, que buscamos culpables aun cuando la culpa como tal siempre es de todos, del que hace y del que no hace, del que habla y del que calla, del que defiende y del que consiente. Alemanes nacidos antes de 1939 de cara a la pared, culpables para el resto del mundo, negados como individuos simplemente porque el resto necesita purgar sus propias culpas y para ello nada mejor que un chivo expiatorio. Culpables porque el mecanismo victimario implica por definición hacer presente que la victima no es otro, sino lo otro y que como lo otro y ajeno al yo, no tiene ni mis mismos derechos, ni mis anhelos, ni mis sentimientos careciendo, por tanto, de humanidad. La consabida humanidad tan de aquí y tan poco de allí — la idea de humanidad se fraguó en la Ilustración la cual se sustentaba y se sustenta gracias a un capitalismo y colonialismo atroz— nos lleva a la invisibilidad. No es agradable reconocer que el que nos pide limosna, por ejemplo, no es alguien como tú, es un pobre, un rumano, un inmigrante, un ilegal, un... la etiqueta es fundamental, encasillar nos permite colocar en el desván de la desmemoria. No es agradable reconocerse, darse de bruces con una realidad que constantemente y tenazmente apantallamos.
Cuando salía de la exposición volví a la pregunta “¿Arte o Compromiso?”. Francamente, me pareció una necedad. ¿Se pregunta alguien eso, salvando las distancias, ante El Guernica? ¿Picasso hizo una obra de arte menor por estar ésta cargada de contenido político e ideológico? ¿Goya con Los fusilamientos del 3 de mayo? ¿Se cuestiona alguien esto? Díganme que no les gusta lo que hace Santiago Sierra, que no les gusta sus fotografías, sus videos, sus acciones... lo acepto, es un juicio estético, infundado o no, pero como tal válido, pero no me vale la excusa del activismo o del compromiso.

Recuerdo que cuando me iba, la encargada prensa me preguntó si quería hablar o entrevistar al artista. Le dije que no, prefería no hacerlo. Aún tenía la duda de si tanta integridad en lo ideológico no se veía puesta en duda al entrar de lleno como entra Santiago Sierra en el mercado-mundo del arte. Volví al hotel rumiando esta idea. Tumbado en la cama de la habitación, de nuevo en el cómodo sopor de la tarde, abrí el catálogo de la exposición y recuerdo haber leído algo así como y cito de memoria “...yo vivo del mundo del arte y la gente puede pensar que no es íntegro con lo que muestro en mis obras y francamente cargo con esa culpa”. Como yo, como todos.
Santiago Sierra
CAC Málaga
Hasta el 13 de agosto

2 comentarios:

Dany dijo...

Magnífico Santiago Sierra! Muchos críticos, que de alguna dialéctica tienen que vivir, intentan mantener un muro entre el arte y el compromiso. Para los artistas no se da esta división, cuando se hace arte (expresión estética) hay un compromiso (expresión crítica de la sociedad, o de una parte de ella). Hasta los artistas aparentemente más idiotas se comprometen cuando hacen arte.

Isaac dijo...

Muchas veces, cuando uno cuenta que trabaja en una empresa de cultura, obtiene la siguiente respuesta:
- Entonces, sois una ONG que se dedica a (...).
- No, no somos una ONG. Nos dedicamos a la cultura, pero tenemos ánimo de lucro [de forrarnos a ser posible].

Esta sociedad cateta y miserable sigue pensando, en el fondo, que los artistas y quienes les rodean, son todos unos vagos y cualquier salida de madre presupuestaria les resulta inconcebible.

Me gusta el fútbol y considero justo lo que cobran los futbolistas, así que no voy a caer en comparaciones demagogas.

Sólo exigir respeto para quien obtiene el triunfo, el reconocimiento internacional y el confort económico a través de una obra honrada, ante todo, consigo mismo, no exenta de provocación desde luego, pero sin permitir que ésta acapare el hecho artístico.

Los artistas no deberían tener miedo a la prensa.